Entre la tradición urbana y el confort contemporáneo
Las fachadas antiguas nos cuentan historias de generaciones pasadas, mientras que los interiores modernos revelan cómo vivimos hoy. Una situación que define el escenario en el que construimos nuestros recuerdos. Este contraste nos plantea un gran reto: conservar el patrimonio cultural sin frenar la modernización.
En lugares, como el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre muchas otras ciudades de nuestro país y el mundo, las casonas coloniales mantienen sus portadas originales mientras que en su interior se transforman espacios interactivos y viviendas remodeladas. Es un ejemplo perfecto de cómo la conservación patrimonial se convierte en oportunidad: atraer turismo y al mismo tiempo ofrecer espacios funcionales.
Sin embargo, nos enfrentamos a un desafío en cuestión de las regulaciones. Restaurar una fachada histórica suele ser más caro que construir desde cero y las leyes de conservación limitan los cambios que se pueden hacer. A veces esto frena proyectos inmobiliarios y genera tensión entre quienes buscan preservar la memoria y quienes prefieren lo nuevo.

Al final, si logramos esta armonía, las viviendas y establecimientos que conservan su clásico exterior son consideradas joyas en el mercado inmobiliario. No solo ofrecen el encanto de lo antiguo, también la comodidad de lo actual. Debido a esto, las zonas cercanas a centros históricos que mantienen esta dualidad suelen ver un aumento en el valor de sus propiedades, tanto en venta como en renta. Es el mejor ejemplo de cómo preservar el pasado puede convertirse en una inversión para el futuro.
El equilibrio entre patrimonio y modernización no es una batalla, es una danza. Las fachadas cuentan quiénes fuimos, los interiores muestran quiénes somos hoy. Y cuando ambos se encuentran, las ciudades se convierten en espacios vivos, llenos de historia pero también de futuro.